"Should you take it in mind to ride a springjack, remember: there are easier ways to fly, and harder ways to break your skull." -Lann of Cloverdell
Lo primero que aprendí al llegar a Innistrad, casi apenas al momento de haber emergido de las eternidades ciegas, es que aquí todo lo gobierna una ángel todopoderosa llamada Avacyn, que ahora se le dio por purificar el plano de humanos. La gente que he encontrado escondida en los pinares profundos y fríos, con el problema agregado de los hombres lobo, o atrincherada a fierro y cemento en las últimas ciudades y aldeas dicen que esto antes no era así. Qué Avacyn antes era buena y los protegía. Y bueno, como no queda nadie ahora los tengo que proteger yo, supongo. Es la magia blanca en mí, no puedo evitarlo. Tengo ese sentimiento de que cuando uno de esos ángeles con plumas rojas que le hacen el trabajo sucio se le aparecen a alguna aldea, queriendo incendiarles el techo de paja de las casas con su lanza, o bien reducir a los habitantes a cenizas, de interponerme de un salto y decirle como solían decir ellas mismas cuando se enfrentaban con un vampiro de la casa Falkenrath ¡Alto ahí rufián, por qué no te metes con alguien de tu calibre! O algo parecido. Y entonces lo que tengo es mi cayado de pastora para abrirle la cabeza a bastonazos secos o bien si el ángel se le da por volar muy alto y hay alguna cabra o saltanejo en la cercanía, marcarla para que ellas la confundan con una deliciosa lata y le muerdan las plumas entre todas hasta que no pueda volar más y entonces sí: bastonazo.
Y después vienen los aldeanos con sus tricotas de algodón rasgadas a decirme ¡Gracias señorita! ¡No sé lo que hubiésemos hecho sin usted! Y me invitan a comer los pasteles de pan que hacen con los mendrugos que les quedan entre las ruinas, y a veces alguna tira de asado si por casualidad al momento de llegar yo las vacas están lo suficientemente gordas como para justificarse amasijar alguna. Yo les acepto el agasajo para no contrariarlos: ya han padecido suficiente y me gusta que se sientan pudientes como cuando Avacyn los protegía de las tinieblas, en lugar de entregarse en cuerpo y alma a ellas. Sí les rechazo el vino dulce, pero porque me cae mal siempre. Pasamos la noche bailando al ritmo de las flautas de caña que tocan las cabras, y cuando despunta el alba me voy, andando por el sendero de grava que se vuelve primavera a mi paso. A dónde sea que vaya: primavera perpetua. El Sol, las lavandas coloridas, los saltanejos y las cabras que brotan de abajo de la tierra como si fueran calabazas peludas y todo eso. Nadie me preguntó si era lo que yo quería cuando descubrí que era una planeswalker. Lo que más extraño del invierno es arrebujarme en una manta con una taza de té a leer Las Memorias de Jace, que no son realmente de él si no más bien un registro de las que fue borrando a lo largo de sus andanzas. Pero claro, una vez que una aprende a caminar por los planos y asume una responsabilidad con sus habitantes, todo eso queda firmemente atrás.
Pero en Innistrad, no fue mucho el tiempo que reventarle los ángeles le haya pasado desapercibido a la Avacyn. No pasó una semana de que yo me haya estado paseado por la campiña de Kessig, que es dónde merodean los hombres lobo de noche, que me crucé con un grupo de tareas mandado especialmente para lidiar conmigo. Me las encontré cuando cité al alfa de una manada lobuna para conversar un pacto de no agresión con una aldea de mil doscientas personas llamada Bestlington. El tipo estaba hundido en cuclillas, con las rodillas a la altura de la cara, y rascándose el codo, hablándome de cuando no pueden controlarse y necesitan comer. Completaban el círculo, alrededor del fuego, dos de mis cabras guardaespaldas, con las armaduras de bronce bruñido y los cascos con plumas que se compraron en Theros, y los matones más bigotudos y amenazantes que había en aquella manada.
-Y por supuesto -le dije yo-. Todos necesitamos comer. ¿Pero no han pensado en hacerse vegetarianos?-No es lo mismo -dijo el Alfa. Se llamaba Morris y tenía los ojos rojos como astromelias.
-Morris, mira lo que voy a hacer. Miren todos, eh.
Saqué unas semillitas de soja del morral, las planté en un agujerito que hice y luego tapé con el cayado, y moví las manos para acelerar el crecimiento. Cuando los brotes estuvieron listos, hice harina y después milanesa. Las cocinamos a las brasas y les gustó bastante. Mientras tanto, me contaron su historia:
-Muchas noches de indigno e inútil esfuerzo de resistir las pasiones que nuestra sustancia nos impone hemos venerado a la Luna. Sensación de involución al amanecer entre las vísceras orgánicas. ¿Cuántos hombres y mujeres se privilegian de hogares techados teniendo en sus fachadas puramente humanas los colmillos más afilados y la maldad más terrible que nuestras formas bestiales, y que además amanecen sin culpas? Una vez identificados, debemos eludir captura de los que fueron compañeros de labranza y de bebida, de celosos cátaros, cazadores y ángeles furiosos. El que adoptó el lobuno nombre de Morris fue el primero de nosotros, inmortal. Nos impuso la aplicación consciente de su poesía para controlar nuestro estado de ánimo. Teníamos la sensación del lobo, la nariz que veía por nuestros ojos brumados por la noche, más la fecundidad de la consciencia humana más pura. Sin embargo, la afición a la sanguinolenta carne sustituía el juicio en los momentos de mayor hambre…
Y todo así. Morris hablaba de Morris en tercera persona porque no era el original, sino un alfa que había asumido el título al morir el anterior. Por eso decían que Morris era inmortal en aquel Oeste boscoso. Pero no habíamos terminado de cenar, y ya estaba pensando que me había olvidado en la aldea las tartas de manzana que las señoras de Beslington habían estado horneado todo el día, que las nubes se deshicieron en ángeles. Como las abejas de un panal que es atacado, bajaron a cosa de veinte metros de nuestro círculo, con la capitana brillando en rojo y blanco como una gallina, y las dos largas espadas alistadas frente a ella.
-¡Yo, Gisela de la Noche Dorada -exclamó- les ordeno cesen ya estas injurias contra la luz de Avacyn y agachen la cabeza infame ante la inevitable purificación!
-Se terminó la primavera -dije, poniéndome de pie y acomodándome el blanco vestido. Las cabras balaron en asentimiento, desclavando las lanzas de la tierra.
Gisela se me vino encima y le retuve las estocadas con el giro del cayado. Le enganché una en el alabeo de la punta y se la hice saltar como leche hervida. La atajó el hombre lobo Morris, que era el único que podía transformarse aunque no hubiera luna llena. Pero la otra se me vino por el costado a cosa de un de repente y me deshilachó una de las tiras del vestido con manga y todo. Entonces yo me tenía que sostener la tela para que no se me cayera con una mano y con la otra pararle los sablazos. Mis cabras, bien entrenadas y en formación, trataban de ensartar a los angeluchos que les revoloteaban alrededor como si fueran salmones voladores, y uno que otro hombre lobo se les animaba a las trompadas, soltándoles unos improperios que no les había escuchado ni a los cíclopes de los barrios Gruul de Ravnica. Morris era el que más fácil la tenía, con la agilidad y la fuerza de un lobo y para colmo la espada mágica y dorada que calentaba tanto que dejaba tajos en el aire.
Un respiro me dio Gisela cuando pegó un salto hacia atrás, dándole la orden a sus tropas de que fueran a recuperarle el arma, y al mismo tiempo me levantó la mano envuelta en llamas para fulminarme. Yo lo que le hice fue revolearle un arco de semillas para que se le peguen en la ropa, el pelo y la armadura y se nutran con su enojo y germinen que de gusto. Así, la capitana de la Hueste de la Noche Dorada terminó atrapada entre hiedras de fresas, calabazas, tomates rojos y repollos blancos. No daba abasto a quemarlos, porque le seguían creciendo cada vez más rápido, y se le sumaba algún que otro saltanejo que le salía de la boca. Terminó hartándose de todo el asunto y jurando que iba a “cortarme la cabeza con mi propia espina dorsal” desapareció en una nube de oro en polvo con todos sus ángeles quién sabe a dónde.
El campito entero quedó regado de puré de frutas caramelizadas para el postre y mi olvido de las tortas de manzana que habían horneado las señoras de Beslington pasó desapercibido. Morris volvio a su forma humana y quedamos en retomar los diálogos para la noche siguiente, ya que era alérgica a las plumas.
(Paletta, L.)
Planos para el Pueblo nace de una colaboración literaria entre uno de los mejores cuentistas de la comunidad Magiquera de Argentina, y una jugadora que se cree cabra.
Trataremos a Planeswalkers poco conocidos por el multiverso, asi como tambien a los mas renombrados, y contaremos las historias que Wizards no se atreve a mencionar.

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