Y bueno, si había que contar la historia había que contarla, pensé. Salvarse con una historia no estaba nada mal. Liliana se había sentado junto a la cama, mirándome como una niña que espera los cuentos de la abuela. Algún sexto sentido caprino me decía que detrás de esos ojos pintados de sombras había más edad de la que aparentaba, y que en realidad la niña allí era yo por lejos. E incluso mis cabras en sí propias parecían muy lejanas, como si la habitación tuviera un kilómetro de largo. Mordisqueaban un tapiz con la imagen grabada de un cuervo negro.
-¡Yoco! ¡Miroslav! ¡Pórtense bien!
-No les hagas caso, nunca me gustó ese tapiz -me dijo Liliana, inclinada sobre uno de los brazos su asiento, con los esbeltos nudillos bajo el mentón- ¿Entonces, tenías un hermano llamado Josu?
-Hozu -le corregí- se pronuncia con un sonido suave antes de la “O” y marcando bien la “z”.
-Cuéntame de él.-
-Oh, Hozu es un niño adorable. No más alto que un saltanejo, pero igual de travieso. Le encantan las historias de aventuras y quiere ser un caballero cuando crezca.
-¿Ah sí? -sonrió.
-Sí, estamos ahorrando para comprarle un buen caballo y una buena armadura. Mi familia tiene una granja. Pequeña. Algunas cabras, calabazas, tomates, higos. Esas cosas. Nunca fuimos ricos, pero nunca nos faltó nada...
-Pasa a la parte violenta -interrumpió, bostezando.
-No hay una parte violenta -la miré, confundida. Ella se irguió en su silla.
-¿No? ¿Ninguna banda de asaltantes quemó tu granja y pasó por la espada a tu familia? ¿Tu hermano no creció para ser un guerrero sanguinario y tuviste que detenerlo? ¿No recibieron la visita del Hombre Cuervo?- ¿Hombre Cuervo? ¿Qué? No...
-¿Y cómo fue que se activó tu chispa sin haber visto cara a cara a la muerte?
-Ah, eso fue una tarde de invierno. Estábamos leyendo sobre Jace junto al fuego: de la vez que salvó a una familia de boggarts de unos malvados cazadores elfos, en Lorwyn. Hozu quería que actuemos la escena, qué él sea Jace y yo la malvada prefecta elfa. Fuimos al corral a buscar a Yoco y a Miroslav y ellos fueron los trasgos. Pero creo que me metí demasiado en personaje porque un parpadeo más tarde la nieve había desaparecido y yo estaba en medio de una llanura repleta de Kithkins cabezones. Hozu se quedó en casa, pero las cabras quedaron… No sé cómo explicarlo. ¿Unidas a mí?
Liliana bufó.
-Ya sé cómo termina esto. Te cruzaste con el insoportable de Ajani y él les explicó amablemente a tí y a tus cabras todo lo que significaba ser un planeswalker y la justicia y etcétera, etcétera.
-¡Sí! ¿Conoces a Ajani también?
-Una vez consumí las almas de toda su manada -me dijo, levantando una mano para mostrarme una pulsera de dientes de león-, y antes de que terminasen de pudrirse envié a sus hermanos contra él.
-Oh…
-¿Y Jace estaba también allí?
-No, pero cuando llegué aquí a Innistrad lo reconocí y me prometí que iba a encontrarlo para pedirle su autógrafo y llevárselo a Hozu. Pobre, debe estar muriéndose de miedo allí sólo en la casa. Eso, claro, si puedo volver a encontrar mi plano de origen. Aún no entiendo muy bien cómo funciona esto de la navegación en las eternidades ciegas.
-Por supuesto, que iba a esperar de tí que caíste tan fácil en batalla. Ni siquiera sabes usar tus poderes... -después de decir esto pareció perder todo el interés. Se echó para atrás y se puso a juguetear con un bastón que había estado apoyado junto a la silla. ¡Mi cayado! ¿Cómo no lo sentí? Parecía flotar ingrávido entre sus manos, con un aura fantasmal. Usualmente vira entre blanco y verde, pero ahora estaba... ¿Violeta? ¿Existe la magia Violeta?
-No, pero la necromancia puede asumir ese color si se conjura en forma debilitada. Casi, sin volverse técnico, se le puede llamar compasiva.
-¿Qué dijiste? -pregunté aterrada- ¿Oyes mis pensamientos?
-Yo no dije nada -contestó ella.
Entonces una piedra redonda reventó la ventana, que un segundo antes había estado pintado con unos crisantemos muy bonitos de esmalte. Antes de que un segundo terminara de pasar arrojaron una prenda de cuero sobre los vidrios rotos y el hombre de azul cruzó por la abertura, abriéndose camino contorsionandose como un gusano, ya que tenía las manos temblorosas repletas de rollos de pergamino. Cayó en el suelo como una palta madura y se levantó de un salto, mirando hacia todas partes a la vez con los ojos hinchados y ojerosos. Estaba despeinado, sucio, y con unos parches disparejos de barba que parecían manchas de chocolate.
-¡Jace, la ventana estaba abierta! -exclamó Liliana, apuntándole con mi cayado- ¿Y cómo subiste hasta aquí? ¡Esto es un segundo piso!
-¡No hay tiempo para explicar, esto es muy importante! -dijo Jace, yendo frenéticamente de una punta a otra, por todas partes con sus pergaminos- ¿No hay una mesa o algo?
-Ahí, junto al tapiz mordisqueado del cuervo -dije yo.
Jace no parecía darse cuenta del todo de que yo estaba allí, pero aceptó sin problemas las instrucciones que venían de una voz incorpórea. Moviendo la cabeza como uno de esos títeres mecánicos que asienten todo el tiempo cruzó la habitación, espantó a mis cabras que le estorbaban y se puso a desplegar sus pergaminos y mapas que desbordaron a la pobre mesita, y encima de todo eso dejó caer un libro gordo encuadernado con tenazas de metal. Pasaba las páginas con tanta fuerza que parecía que desplumaba una gallina.
-He estado en la mansión Markov y en Nephalia, junto a la costa, investigando -decía, a toda velocidad, sin levantar la vista-. Por todas partes, pistas, indicios. La persona que escribió este diario lo sabía todo. Es decir, previó todo. Los vampiros empotrados en las paredes, los marineros ahogados trepando desde las profundidades para aullarle a la Luna como lobos, los ángeles enloquecidos. Aquí hay un acertijo que quiere ser descifrado, pero se me resiste. La clave de todo está en éste plano, en algún lugar.
Liliana fue a ver que era todo eso que estaba diciendo que lo perturbaba tanto. Cuando intenté levantarme yo también las piernas me fallaron y terminé desparramada en el suelo enredada en la sábana. Mis piernas hasta la rodilla tenían el mismo tono violáceo de mi cayado, ¿Eso es necromancia compasiva? ¿Liliana me venció solamente jugando?
-Sí, estaba jugando contigo -contestó Jace, otra vez leyendo mis pensamientos-. Ahora ven que tú también estás en el libro.
-¿Yo estoy en el libro?
Me fui acercando con dificultad, y no logré ponerme de pie del todo hasta casi asomarme a la mesita. Vislumbré destellos de dibujos retorcidos hechos con carbón por sobre ilustraciones de tinta, y una cantidad creciente de garabatos y marcas sobre una caligrafía perfecta. Cada página había más, y el trazo se volvía más violento, como si la mano que los hizo no pudiera contener su ansiedad. Jace señaló una mancha indescifrable.
-Aquí. Tú, la cabra blanca, estás entre los criptolitos y los antropófagos skaabs y… -me miró por primera vez- ¿Quién eres tú a todo esto?
No tenía ni idea de qué me estaba hablando pero, ¡Si Hozu me viera, conversando con el mismísimo Jace Beleren! Me erguí, orgullosa.
-¡Yo soy--
-No es nadie, Jace -interrumpió Liliana-. Una novata. ¿Tienes algo aquí que no sea un delirio sin sentido?
-¿Delirio sin sentido? Liliana, aquí está todo lo que siempre busqué, mos, lo que, ahora me doy cuenta, siempre tuve dentro mío pero no podía salir. Mira la perfección de los trazos de la soratami, la inevitabilidad de su lógica. Es una mente de hierro, con la fluidez del agua y la sutileza del rocío. Es como asomarse a un atardecer de sol, y descubrir que las estrellas fugaces son los bigotes de un gato.
-Que poético -dijo Liliana-. ¿Y a mí por qué me importa?
Antes de que pudiera contestar tocaron la puerta. Se asomó un zombie de levita podrida diciendo que había visitantes en la entrada. Algo de emisarios de una tal Gissa. Liliana le dijo que espere. Jace me observaba sin parpadear como si yo también fuera una pista del acertijo, y en lo profundo de mi mente se escondiera el absoluto.
-¿Jace? -dijo Liliana con suavidad- ¿Por qué me importa?
-¡Sí! -dijo él, como saliendo de un trance-. El destino de éste plano, qué digo, el destino del multiverso depende de esta investigación. Si no hacemos algo para llegar al fondo y descubrir los secretos dentro de los secretos podrían morir millones cuando las puertas del infierno se abran y de allí salga aullando una horda de--
-Ajam. Como imaginaba. No me importa para nada -enfiló hacia la puerta, ordenándole a su sirviente que le prepare un carruaje y unos caballos de inmediato.
-¡Liliana, espera por favor! -dijo Jace.
-Volveré pronto. Mientras tanto duerme una siesta y recupera lo que te quede de cordura.
-Pero...
-Vámos cabras, ustedes vienen conmigo.
-¿Cabras? -pregunté-. ¿Qué quieres hacer con mis cabras?
-Son mis cabras ahora. Yoco, Miroslav, vengan aquí.
Ellas la obedecieron, ignorándome por completo. Entonces las vi como si lo hiciera por primera vez. Las espaldas torcidas, el pelo enflaquecido y quebradizo, los ojos sin pupila inyectados de sangre, retazos de tapiz colgando de sus bocas entreabiertas.
-¿¡Qué les hiciste a mis cabras!?
-Las convertí en algo más útil -contestó, haciendo con las manos una bola de energía negra en la punta de mi cayado-. Quizás algún día te haga el mismo honor.
Me abalancé sobre ella gritando, y desperté en el suelo, sin saber cuánto tiempo había pasado, y sintiendo todo el cuerpo violeta. En la habitación no había nadie excepto por Jace, que estaba arrodillado junto a mí, comparando mi cara con uno de sus pergaminos.
-Vamos, levántate -dijo, ayudándome a ponerme de pie. La hoja tenía un círculo alquímico rodeado de símbolos que jamás había visto en mi vida, por eso sabía que eran alquímicos.
-¿Qué sucedió? ¿Dónde está Liliana?
-No importa, estaba ciega a la verdad. Ahora todo depende de nosotros.
-¡Pero tengo que recuperar mis cabras! ¡Y mi cayado de pastora! ¿Qué voy a hacer? ¡He perdido mis poderes!
-Los poderes van y vienen -dijo Jace, trepando por la ventana rota-. Las cabras también, supongo. La verdad es para siempre.
-No les hagas caso, nunca me gustó ese tapiz -me dijo Liliana, inclinada sobre uno de los brazos su asiento, con los esbeltos nudillos bajo el mentón- ¿Entonces, tenías un hermano llamado Josu?
-Hozu -le corregí- se pronuncia con un sonido suave antes de la “O” y marcando bien la “z”.
-Cuéntame de él.-
-Oh, Hozu es un niño adorable. No más alto que un saltanejo, pero igual de travieso. Le encantan las historias de aventuras y quiere ser un caballero cuando crezca.
-¿Ah sí? -sonrió.
-Sí, estamos ahorrando para comprarle un buen caballo y una buena armadura. Mi familia tiene una granja. Pequeña. Algunas cabras, calabazas, tomates, higos. Esas cosas. Nunca fuimos ricos, pero nunca nos faltó nada...
-Pasa a la parte violenta -interrumpió, bostezando.
-No hay una parte violenta -la miré, confundida. Ella se irguió en su silla.
-¿No? ¿Ninguna banda de asaltantes quemó tu granja y pasó por la espada a tu familia? ¿Tu hermano no creció para ser un guerrero sanguinario y tuviste que detenerlo? ¿No recibieron la visita del Hombre Cuervo?- ¿Hombre Cuervo? ¿Qué? No...
-Ah, eso fue una tarde de invierno. Estábamos leyendo sobre Jace junto al fuego: de la vez que salvó a una familia de boggarts de unos malvados cazadores elfos, en Lorwyn. Hozu quería que actuemos la escena, qué él sea Jace y yo la malvada prefecta elfa. Fuimos al corral a buscar a Yoco y a Miroslav y ellos fueron los trasgos. Pero creo que me metí demasiado en personaje porque un parpadeo más tarde la nieve había desaparecido y yo estaba en medio de una llanura repleta de Kithkins cabezones. Hozu se quedó en casa, pero las cabras quedaron… No sé cómo explicarlo. ¿Unidas a mí?
Liliana bufó.
-Ya sé cómo termina esto. Te cruzaste con el insoportable de Ajani y él les explicó amablemente a tí y a tus cabras todo lo que significaba ser un planeswalker y la justicia y etcétera, etcétera.
-¡Sí! ¿Conoces a Ajani también?
-Una vez consumí las almas de toda su manada -me dijo, levantando una mano para mostrarme una pulsera de dientes de león-, y antes de que terminasen de pudrirse envié a sus hermanos contra él.
-Oh…
-¿Y Jace estaba también allí?
-No, pero cuando llegué aquí a Innistrad lo reconocí y me prometí que iba a encontrarlo para pedirle su autógrafo y llevárselo a Hozu. Pobre, debe estar muriéndose de miedo allí sólo en la casa. Eso, claro, si puedo volver a encontrar mi plano de origen. Aún no entiendo muy bien cómo funciona esto de la navegación en las eternidades ciegas.
-Por supuesto, que iba a esperar de tí que caíste tan fácil en batalla. Ni siquiera sabes usar tus poderes... -después de decir esto pareció perder todo el interés. Se echó para atrás y se puso a juguetear con un bastón que había estado apoyado junto a la silla. ¡Mi cayado! ¿Cómo no lo sentí? Parecía flotar ingrávido entre sus manos, con un aura fantasmal. Usualmente vira entre blanco y verde, pero ahora estaba... ¿Violeta? ¿Existe la magia Violeta?
-No, pero la necromancia puede asumir ese color si se conjura en forma debilitada. Casi, sin volverse técnico, se le puede llamar compasiva.
-¿Qué dijiste? -pregunté aterrada- ¿Oyes mis pensamientos?
-Yo no dije nada -contestó ella.
Entonces una piedra redonda reventó la ventana, que un segundo antes había estado pintado con unos crisantemos muy bonitos de esmalte. Antes de que un segundo terminara de pasar arrojaron una prenda de cuero sobre los vidrios rotos y el hombre de azul cruzó por la abertura, abriéndose camino contorsionandose como un gusano, ya que tenía las manos temblorosas repletas de rollos de pergamino. Cayó en el suelo como una palta madura y se levantó de un salto, mirando hacia todas partes a la vez con los ojos hinchados y ojerosos. Estaba despeinado, sucio, y con unos parches disparejos de barba que parecían manchas de chocolate.
-¡No hay tiempo para explicar, esto es muy importante! -dijo Jace, yendo frenéticamente de una punta a otra, por todas partes con sus pergaminos- ¿No hay una mesa o algo?
-Ahí, junto al tapiz mordisqueado del cuervo -dije yo.
Jace no parecía darse cuenta del todo de que yo estaba allí, pero aceptó sin problemas las instrucciones que venían de una voz incorpórea. Moviendo la cabeza como uno de esos títeres mecánicos que asienten todo el tiempo cruzó la habitación, espantó a mis cabras que le estorbaban y se puso a desplegar sus pergaminos y mapas que desbordaron a la pobre mesita, y encima de todo eso dejó caer un libro gordo encuadernado con tenazas de metal. Pasaba las páginas con tanta fuerza que parecía que desplumaba una gallina.
-He estado en la mansión Markov y en Nephalia, junto a la costa, investigando -decía, a toda velocidad, sin levantar la vista-. Por todas partes, pistas, indicios. La persona que escribió este diario lo sabía todo. Es decir, previó todo. Los vampiros empotrados en las paredes, los marineros ahogados trepando desde las profundidades para aullarle a la Luna como lobos, los ángeles enloquecidos. Aquí hay un acertijo que quiere ser descifrado, pero se me resiste. La clave de todo está en éste plano, en algún lugar.
Liliana fue a ver que era todo eso que estaba diciendo que lo perturbaba tanto. Cuando intenté levantarme yo también las piernas me fallaron y terminé desparramada en el suelo enredada en la sábana. Mis piernas hasta la rodilla tenían el mismo tono violáceo de mi cayado, ¿Eso es necromancia compasiva? ¿Liliana me venció solamente jugando?
-Sí, estaba jugando contigo -contestó Jace, otra vez leyendo mis pensamientos-. Ahora ven que tú también estás en el libro.
-¿Yo estoy en el libro?
Me fui acercando con dificultad, y no logré ponerme de pie del todo hasta casi asomarme a la mesita. Vislumbré destellos de dibujos retorcidos hechos con carbón por sobre ilustraciones de tinta, y una cantidad creciente de garabatos y marcas sobre una caligrafía perfecta. Cada página había más, y el trazo se volvía más violento, como si la mano que los hizo no pudiera contener su ansiedad. Jace señaló una mancha indescifrable.
-Aquí. Tú, la cabra blanca, estás entre los criptolitos y los antropófagos skaabs y… -me miró por primera vez- ¿Quién eres tú a todo esto?
No tenía ni idea de qué me estaba hablando pero, ¡Si Hozu me viera, conversando con el mismísimo Jace Beleren! Me erguí, orgullosa.
-¡Yo soy--
-No es nadie, Jace -interrumpió Liliana-. Una novata. ¿Tienes algo aquí que no sea un delirio sin sentido?
-¿Delirio sin sentido? Liliana, aquí está todo lo que siempre busqué, mos, lo que, ahora me doy cuenta, siempre tuve dentro mío pero no podía salir. Mira la perfección de los trazos de la soratami, la inevitabilidad de su lógica. Es una mente de hierro, con la fluidez del agua y la sutileza del rocío. Es como asomarse a un atardecer de sol, y descubrir que las estrellas fugaces son los bigotes de un gato.
-Que poético -dijo Liliana-. ¿Y a mí por qué me importa?
Antes de que pudiera contestar tocaron la puerta. Se asomó un zombie de levita podrida diciendo que había visitantes en la entrada. Algo de emisarios de una tal Gissa. Liliana le dijo que espere. Jace me observaba sin parpadear como si yo también fuera una pista del acertijo, y en lo profundo de mi mente se escondiera el absoluto.
-¿Jace? -dijo Liliana con suavidad- ¿Por qué me importa?
-¡Sí! -dijo él, como saliendo de un trance-. El destino de éste plano, qué digo, el destino del multiverso depende de esta investigación. Si no hacemos algo para llegar al fondo y descubrir los secretos dentro de los secretos podrían morir millones cuando las puertas del infierno se abran y de allí salga aullando una horda de--
-Ajam. Como imaginaba. No me importa para nada -enfiló hacia la puerta, ordenándole a su sirviente que le prepare un carruaje y unos caballos de inmediato.
-¡Liliana, espera por favor! -dijo Jace.
-Volveré pronto. Mientras tanto duerme una siesta y recupera lo que te quede de cordura.
-Pero...
-Vámos cabras, ustedes vienen conmigo.
-¿Cabras? -pregunté-. ¿Qué quieres hacer con mis cabras?
-Son mis cabras ahora. Yoco, Miroslav, vengan aquí.
Ellas la obedecieron, ignorándome por completo. Entonces las vi como si lo hiciera por primera vez. Las espaldas torcidas, el pelo enflaquecido y quebradizo, los ojos sin pupila inyectados de sangre, retazos de tapiz colgando de sus bocas entreabiertas.
-¿¡Qué les hiciste a mis cabras!?
-Las convertí en algo más útil -contestó, haciendo con las manos una bola de energía negra en la punta de mi cayado-. Quizás algún día te haga el mismo honor.
-Vamos, levántate -dijo, ayudándome a ponerme de pie. La hoja tenía un círculo alquímico rodeado de símbolos que jamás había visto en mi vida, por eso sabía que eran alquímicos.
-¿Qué sucedió? ¿Dónde está Liliana?
-No importa, estaba ciega a la verdad. Ahora todo depende de nosotros.
-¡Pero tengo que recuperar mis cabras! ¡Y mi cayado de pastora! ¿Qué voy a hacer? ¡He perdido mis poderes!
-Los poderes van y vienen -dijo Jace, trepando por la ventana rota-. Las cabras también, supongo. La verdad es para siempre.
(Paletta, L.)
Planos para el Pueblo nace de una colaboración literaria
entre uno de los mejores cuentistas de la comunidad Magiquera de
Argentina, y una jugadora que se cree cabra.
Trataremos a Planeswalkers poco conocidos por el multiverso, así como también a los mas renombrados, y contaremos las historias que Wizards no se atreve a mencionar.
Trataremos a Planeswalkers poco conocidos por el multiverso, así como también a los mas renombrados, y contaremos las historias que Wizards no se atreve a mencionar.
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